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La otra lengua del río: Ecuador en el espejo de una conquista distinta

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Hay preguntas que no buscan corregir la historia, sino iluminarla por contraste. Imaginar qué habría sido de la filosofía y la literatura ecuatorianas si, en lugar de los españoles, nos hubiesen conquistado ingleses, portugueses o potencias asiáticas, no es un juego ocioso: es una manera de auscultar nuestras raíces. Porque en el temblor de esa hipótesis late una verdad incómoda: gran parte de lo que llamamos “identidad” es también el resultado de una imposición. Cambiar el idioma, la religión y la administración colonial habría sido alterar el cauce mismo del pensamiento que hoy reconocemos como propio.

Si los ingleses hubieran anclado en nuestras costas y trepado por la cordillera hasta asentarse en la Real Audiencia que luego sería Ecuador, acaso nuestra tradición filosófica habría estado más cerca del empirismo que de la escolástica. En vez de beber tempranamente de las fuentes de Tomás de Aquino y del barroco católico, habríamos heredado el rigor de John Locke o el escepticismo de David Hume. La universidad colonial no habría sido un claustro dominico, sino un laboratorio moral donde la experiencia, el comercio y la ley común modelaran el pensamiento. Tal vez nuestra reflexión política habría madurado antes hacia formas parlamentarias, y la literatura, en vez de cultivar la retórica culterana, habría abrazado una prosa sobria, de respiración anglosajona.

Bajo dominio portugués, en cambio, el destino habría sido otro, más cercano a la música del trópico que a la severidad castellana. No seríamos un eco andino de Lima o Bogotá, sino una variante amazónica de Brasil. La lengua portuguesa, con su cadencia abierta, habría impregnado la poesía de una sensualidad distinta. Nuestra narrativa habría dialogado con la tradición de Machado de Assis o con la introspección modernista de Clarice Lispector. Quizás el mestizaje se habría articulado en clave luso-afro-indígena, y la filosofía social habría reflexionado menos sobre el honor y más sobre la hibridez, menos sobre la hidalguía y más sobre la piel.

Si una potencia asiática —pensemos en una China expansiva o en un Japón imperial adelantado a su tiempo— hubiese impuesto su orden, el giro sería todavía más radical. Nuestra cosmovisión andina habría encontrado inesperados puentes con el confucianismo o el budismo. El concepto de comunidad, tan arraigado en el ayllu, habría dialogado con la ética de la armonía y la jerarquía oriental. En vez de la culpa cristiana, acaso la literatura habría explorado el equilibrio, el silencio, la contemplación. Imagino una narrativa ecuatoriana más cercana al haiku que al soneto, más atenta al detalle mínimo que a la grandilocuencia barroca.

Pero no todo habría sido ganancia estética o filosófica. Cada colonización implica violencia, borramiento y jerarquías. Los ingleses habrían traído su comercio y su pragmatismo, sí, pero también su segregación racial; los portugueses, su esclavitud masiva; las potencias asiáticas, su propia lógica imperial. No existe conquista benigna. Lo que cambiaría no sería la herida, sino la cicatriz: su forma, su idioma, su memoria. Y esa diferencia habría determinado los temas centrales de nuestra literatura: la culpa, la redención, la identidad, el poder.

En nuestra historia real, la influencia española nos dejó una lengua común que luego se volvió herramienta de rebeldía. Con ella escribieron nuestros ensayistas y narradores, desde los cronistas coloniales hasta los novelistas del siglo XX. Si el idioma hubiese sido otro, también lo habría sido el canon, la circulación de libros, las alianzas culturales. Quizás miraríamos más hacia Londres, Lisboa o Shanghái que hacia Madrid o México. Nuestro “boom” —si lo hubiera— habría tenido otras capitales y otros interlocutores.

Sin embargo, sospecho que hay un núcleo que habría sobrevivido a cualquier bandera extranjera: la tensión entre la montaña y el mar, entre lo indígena y lo impuesto, entre la memoria y el deseo de modernidad. La filosofía ecuatoriana, con cualquier lengua, habría debido enfrentarse al mismo abismo social: la desigualdad, la diversidad étnica, la pregunta por el Estado. Y la literatura, inevitablemente, habría narrado la fractura y el mestizaje, aunque lo hiciera en inglés, portugués o mandarín.

Imaginar estas rutas alternativas no busca negar nuestra historia, sino comprender su peso. Somos hijos de una conquista específica, con su castellano, su catolicismo y su herencia jurídica. Pero también somos la prueba de que toda imposición puede ser reescrita. Tal vez la gran lección no sea qué habríamos sido con otros conquistadores, sino reconocer que, aun dentro del molde español, supimos forjar una voz propia. Y que esa voz —andina, costeña, amazónica— habría encontrado la manera de decirse, bajo cualquier cielo y en cualquier lengua.